domingo, 19 de agosto de 2007

Mis amantes

Mal amante 1
Pobrecito, es un cerdo, como tantos, como casi todos. Pero no tenía forma de escapar de ese destino, le haría falta una gran convicción. Ahora bien, yo me pregunto por qué reconozco esa constante. ¿Seremos tan distintos los hombres y las mujeres? Por ejemplo, el sexo fue una frustración más sumada a la gran cadena. Un verdadero desencanto. Un desencuentro, paso a explicar: salgo con un hombre, un hombre cualquiera, pongámosle X. Bueno, el caso es que X al fin me besa. Ese primer beso es definitorio, por él ya sé la clase de relación que me puede ofrecer. La visita al telo lo confirma: X pretende que sea algo parecido a una actriz porno, y yo pretendo que me trate como a una mujer. Inevitable. No hay besos, no hay convencimiento, no hay convicción. Sólo un Ego demandante de estímulos prefabricados: Gritá, tocate ahí, ahora así. No hay descubrimiento, no hay piel, sólo hay discurso. Ese es el punto en que prefiero mostrarme como una mojigata; he tenido alguna vez verdadero amor en la cama, verdadero deseo, de mí. Desprecio al instante, tomo una distancia inalcanzable, finjo. El peor daño a la situación es que yo podría dar más, muchísimo, pero no hay incentivo.

Mal amante 2
Ni siquiera me llamó. Fue fabuloso, caigo en él como siempre (nuestras recaídas tienen intervalos variables, pero siempre suceden) para confirmar que nadie lo supera. Cuando se va escucho “me gustaría que nos viéramos más seguido”. Ya pasaron casi tres semanas y ni noticias.

Buen amor
Hacía tanto tiempo que no me trataban con amor... Ráfagas de inclusión en un mundo privado, más que atisbos de intimidad. Él me tomaba en sus brazos y todo se sentía natural, adecuado. Cualquier resistencia se borró en el mismo momento de los besos, su piel me reclamaba, confortable. Resultaba tan fácil. Sin obligaciones, todo era una gentil invitación a amarlo. Eso era, quería que lo amara tanto como yo deseaba lo mismo. No hablamos más, como Francesca y Paolo dejaron de leer. Nos pegoteamos entre nuestros olores, nos besamos el sudor, construyó y derrumbó mi cuerpo y yo despojé el vigor del suyo, exhaustos dijimos palabras de cariño, nos miramos sorprendidos, nos dolieron nuestros brazos, acomodamos las almohadas, nos dormimos, nos dimos aliento matinal sin lavarnos los dientes.
Al desayuno la velocidad del día nos golpeó. Nos lamentamos brevemente (era tanta nuestra alegría). Paso los días contando los días.

El amor fuera del cuerpo
Las voces recorren todos tus músculos, todos tus órganos sensoriales. Es como una gran onda que traspasa y golpea las fibras más íntimas, los resortes ocultos que pueden provocarte placer. Pero en el fondo no te atrevés a abrir los ojos, no querés ni mirar ni oler. Y te preguntás cómo es posible que haya tanta contradicción, que la mente te haga entender unas cosas y sin embargo las feromonas se nieguen a desprenderse y emitirse entre tu cuerpo y el suyo. Te preguntás si llegará el tiempo en que eso suceda, en que irresistiblemente te veas impelida necesariamente hacia su piel, hacia su boca, hacia sus manos expertas y su lengua provocadora. Si cerrás los ojos todo funciona a la perfección y morís en sus manos, deshaciéndote, parte a parte de cada lugar que él recorre. Soñás, al mismo tiempo, que todo él viene en un envase que realmente te atrapa como un imán, pero sos una pequeñita mosca enredándose en una telaraña sutil, pese a no poder resistir ni despegarte porque sus redes son fuertes, algo instintivo grita desde el fondo velado de tu conciencia que ese no es tu lugar ni tu destino. No lo niegues, es el asunto de forma y contenido, que en este caso no encajan. Su esencia es, evidentemente, como la miel, pero su forma no llega. Pese a esto lo único que pasa por tu mente en cada momento del día son imágenes de ustedes dos pegoteados, transpirando, podés evocar con precisión erótica cómo se siente cada ademán suyo, cómo se desliza sin resistencias hasta tu intimidad más escondida, más celosamente negada antes, esos lugares que hace mucho tiempo decidiste que nadie llegaría salvo que te venciese sin que vos lo supieras, cuando ya fuera demasiado tarde. Él está ahí ahora, instalado, y lo único que hacés es desearlo.

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